Sabes, me gustas mucho.
Ella no le contestó.
Enrojecido y sumamente incómodo por el sentimiento de desaire que lo abordó, la tomo por el brazo.
¿No me oíste?
¡Sí! pero yo aprecio, no acaparo.¡Ay soberbia! ¿cuándo dejaras de enfermar?
Se preguntó. Dejándolo ahí parado sin entender lo que ella decía...
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