Emocionado, miraba a todas partes, miraba a toda esa gente extraña y ajena a su emoción que pasaba por su lado. Acababa de regresar sin avisarle a nadie, ni siquiera a Magnolia, bueno, menos a ella.
Quería darle la gran sorpresa. Quería un abrazo y un beso lo más espontáneos, cálidos y sorpresivos, de la mujer con quién durante seis años, desde su partida, mantiene una relación a distancia. Al través, del hilo telefónico de correos electrónicos tan intensos y extensos como la soledad que lo acompañaba, como el trabajo que le partía la espalda.
Alegre y sonriente, entró en un cafetín que encontró al paso. Tomó asiento y agarró su celular y llamó a Magnolia. No lo podía creer, ¡estaba a unos cuantos segundos de decirle, estoy aquí!
El teléfono comenzó a timbrar una dos tres cuatro veces, colgó apenas entró la opción de dejar mensaje.
Le pareció algo extraño, pues, siempre que la llamaba contestaba de inmediato, pero claro, eran llamadas previamente coordinadas.
Nadie venía a tomar su orden, miró hacía el mostrador y no había nadie, volvió a marcar el número de Magnolia. El teléfono timbró otra vez, una dos tres cuatro veces y de nuevo colgó antes de entrar la opción de mensaje. Algo alterado, miró a todos lados y no había nadie en el mostrador ni en ninguna otra parte del cafetín. La alegría cedía ante la incomodidad y la preocupación que se adueñaban de él, sólo los escaparates y las mesas vacías eran testigos inertes de lo que le sucedía. De pronto, se dio cuenta de que sólo tenía el número del teléfono de la casa de Magnolia, ella nunca le proporcionó un número de celular a dónde pueda localizarla en caso no estuviera en su casa, menos aún, su dirección. Pensativo, miró de nuevo el mostrador aquél cafetín estaba inhóspito, parecía abandonado a su suerte, como él. Una vez más, insistió en su llamada.
De nuevo lo mismo, timbró hasta la opción de dejar mensaje y una vez más volvió a colgar.
¿Por qué dejar mensaje? ¡si estoy aquí!
Pensó, con el corazón acelerado y maltrecho por la angustia.
Qué efímera es la alegría cuando sólo es abrigada por ilusiones.
Salió del abandonado cafetín y caminó por calles atiborradas de tráfico, de choferes que se gritaban improperios por avanzar con sus autos recalentados como sus dueños.
El día agonizaba entre el smog y el griterío, cansado y sediento, dejó caer su humanidad en una esquina.
Agarró su celular que también ya agonizaba por la falta de carga de la batería. Llamó una vez más a Magnolia. Sin emoción, ni alegría. El teléfono empezó a timbrar una dos tres veces y contestaron.
Era la voz de un hombre, alguien desconocido por él.
A lo lejos podía oír el llanto de un bebé y el volumen alto de un televisor que lo acallaba.
Preguntó por Magnolia, la voz del desconocido, dubitativamente, le pidió que espere.
Los minutos pasaban y la batería del celular ya titilaba anunciando que la súbita muerte le sobrevendría en cualquier momento.
Por fin, sintió que agarraban el teléfono, si, era Magnolia. Hablaba y hablaba, no le dejaba espacio para decirle que había llegado. Sólo se limitaba a responder, sí, sí, sí, hasta que el celular murió.
Por unos segundos se quedó mirando su celular. La pantalla oscura reflejaba su rostro que se había mimetizado con la amargura de aquélla gente que atiborraba el tráfico de esa horrible ciudad, se subió en el primer taxi que encontró vacío, dos horas más tarde, ya se encontraba en el avión que lo regresaba a la intensa y extensa soledad del país adónde partió seis años antes.
Durante el viaje, las palabras de Magnolia aún retumbaban en su cabeza...
" Estoy tan cerca de ti, que la distancia, siempre será nuestra mejor aliada "
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