La fiesta estaba en su punto recuerdo verlo riendo sirviéndose sendos vasos llenos de cerveza. Aquélla noche Miguelón se sentía libre. Tal vez, esa noche Miguelón quiso ser Miguel uno más de tantos que asistían ha la fiesta y que pasaban desapercibidos.
Mientras lo observaba comenzó una canción y todos los del grupo fueron a buscar una pareja, Miguelón también. Sí, no había duda, se sentía libre y bailaba con frenesí, aprovechaba cada segundo. Por primera vez era parte de la geografía no el islote ha estudiar. Apenas acabó la canción se me acercó y palmoteándome la espalda me habló de la chica con la que acababa de bailar. De pronto otra canción, era una lenta, una de esas para bailar abrazados. Las luces bajaron su intensidad, la de Miguelón subió al tope me entregó la botella y se fue en busca de la chica ella con cortesía le rechazó la petición de baile, Miguelón en medio de las parejas abrazadas a media luz agarró una silla llevándola hasta donde se encontraba la chica la puso enfrente de ella y se subió en la silla para estar del mismo tamaño y poder abrazarla y bailar. Ella y sus amigas se alejaron a carcajadas, la vieja silla atestiguaba como yo, el desmoronamiento de Miguel para volver a ser Miguelón. Se tiró al piso ha llorar, algunos del barrio nos acercamos para calmarlo otros tantos prefirieron ignorarlo riendo a escondidas. Hoy me acordé del chato Miguelón. Un muchacho del barrio que nació con enanismo, un marcado para ser observado por una sociedad deforme e hipócrita que grita amarse y lo grita porque muy dentro de su estructura hay un Miguelón que clama por un abrazo...
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